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domingo, 3 de junio de 2012

"La magia del contenedor". Relato corto. (Carmen Marín9

LA MAGIA DEL CONTENEDOR

   





   Hacía ya bastante tiempo que Fernando lo observaba desde su ventana. Lo veía aparecer todas las noches a la misma hora, arrastrando un  pesado carro de la compra. Al principio no le reconoció. Cuando al cabo de unos días se hizo con unos prismáticos, comprobó que efectivamente se trataba de él. Era Laureano Fernández, su compañero de instituto. 

    Después de este descubrimiento todo el afán de Fernando estaba en tratar de averiguar cuál sería la razón que movía a su compañero a emprender tales excursiones nocturnas por los contenedores del barrio. ¿Qué haría con lo que cogía? ¿Lo vendería? A él, que nunca le había faltado de nada, le costaba comprender que un muchacho de catorce años se viese en la necesidad de coger lo que los demás desechaban.
  

   Laureano era un chico un tanto singular, no se relacionaba apenas con nadie. La expresión de su cara era rígida, apretada, con unos ojos oscuros que parecían querer esquivar todas las miradas ocultándose tras una maraña de pelo largo y grasiento. En realidad, era como si todo él se camuflara bajo un aspecto triste y anodino: casi todos los días llevaba el mismo jersey a rayas descolorido y unos pantalones llenos de remiendos del mismo color de las baldosas de las aulas del instituto. Incluso sus zapatos siempre eran los mismos, unos  deportivos grises muy gastados y con una de las suelas despegada. Los deportivos que la  madre de Fernando iba a tirar estaban más nuevos que los suyos.  

 
   Un día, al salir del instituto, decidió seguirle sin que él se diese cuenta. Cada vez se alejaba más y más hasta llegar a la periferia de la ciudad. Estuvo casi una hora caminando.
   Laureano se adentró por un callejón dónde sólo se veían un par de casas semiderruidas, y Fernando decidió dar media vuelta porque iba a retrasarse demasiado  y su madre se preocuparía. Jamás hubiese imaginado que pudiese vivir tan lejos.    


       Una vez en casa, mientras se zampaba los restos de comida fría en un rincón de la cocina, pensó en el largo camino que su compañero tenía que recorrer todos los días y  que además volvía a repetir por las noches; con razón estaba tan delgado y su calzado tan gastado. Pero, ¿cuál sería su casa? ¿Viviría en alguna de aquellas casas en ruinas? Se había quedado tan preocupado que ni si quiera le importó que su madre lo hubiese castigado sin su postre favorito.
   Esa tarde, después de hacer los deberes, se le ocurrió la idea. Supuso que Laureano que, más o menos, tendría su estatura, seguramente calzaría el mismo número que él. Así que después de cenar se ofreció para ir a bajar la bolsa de basura y de este modo, escaleras abajo, logró rescatar sus antiguos deportivos. Los sacudió un poco y tras tirar la bolsa, los colocó a los pies del contenedor, entre la calzada y la acera. Apenas tuvo tiempo de incorporarse cuando el sonido de las ruedas de un carro le martilleó en los oídos. Sin tan siquiera mirar, por temor a que su compañero le viese, salió corriendo hacia su portal y, como el ascensor estaba averiado, subió los siete pisos por las escaleras lo más rápidamente que pudo. Cuando llegó arriba, casi asfixiado, acababa de pasar el camión de la basura. Miró a su alrededor y no había rastro de Laureano por ningún lado, parecía que se lo hubiese tragado la absoluta oscuridad del fondo de la avenida.

  Luego fijó su mirada en el hueco que había entre el contenedor y la acera, ligeramente iluminado por la débil luz de una farola, y allí tampoco estaban ya los deportivos. ¿Sé los habría llevado Laureano?
A la mañana siguiente, por fin, salió de dudas… Como bien había imaginado, Laureano llevaba puestos sus antiguos deportivos. Además del cambio de calzado algo más parecía haber cambiado en el rostro de su amigo, su mirada era más expresiva y en sus labios comenzaba a aparecer un amago de sonrisa. Una extraña sensación de felicidad que hasta el momento desconocía, envolvió a Fernando durante todo el día. Le gustaba tener un secreto, algo que sólo él sabía; y desde ese día mantuvo una anónima relación con Laureano. Él era su amigo invisible, su bienhechor… y esto le complacía de tal modo que durante aquel trimestre fueron desapareciendo, una tras otra, diversas prendas de su armario: sudaderas, pantalones vaqueros, alguna bufanda, unos guantes…
   Todo un vestuario que, como si de un prestidigitador se tratase, con la excusa de que esto se le quedó pequeño o de que esto otro lo había perdido, hizo desaparecer para que fuese a parar al armario de Laureano Fernández.
   Una semana antes de su cumpleaños su padre le preguntó qué deseaba que le regalase. Fernando, que hasta aquel momento se había mostrado dubitativo, supo en seguida lo que quería…  Aquella semana pasó muy lenta, cada día se hacía eterno y cuando al fin llegó el día señalado, después de la fiesta,  Fernando esperó a que se marchasen todos los invitados para apresurarse a realizar aquello que al día siguiente le proporcionaría su verdadero regalo: bajó a la calle y arrojó al contenedor la bicicleta que acababan de regalarle por su cumpleaños.


Autora: Carmen Marín

Relato Ganador del Premio literario  propuesto por  la Ong Impulso Humano de Tenerife para financiar un proyecto de un comedor escolar en una localidad de Uruguay.

lunes, 28 de mayo de 2012

Reflexión poética

Un alto en el camino
















A veces, hay momentos en la vida
en los que nos sentarnos
a contemplar el camino recorrido.
Sabemos que el viaje continua,
que la travesía que nos queda aún es larga,
pero de pronto algo en nuestro interior
nos incita a parar.
A detenemos para abarcar con la mirada
el terreno pisado,
los tropiezos que esquivamos por el día
y  los de aquellas noches oscuras 
en las que caimos,
mientras la luna permanecía callada,
muda ante nuestros errores,
pero  a la vez luminosa
derramando su resplandor a raudales
para indicarnos
el modo de volver a lenvantarnos.
Por el día, observamos despacio
todo cuanto nos rodea
y nos sentimos complacidos
 por encontrar siempre,
detrás de todas las cosas,
a esas manos amigas que nos acompañan.
A ese ser especial 
que,  firme a nuestro lado,
endulza nuestros amaneceres
y  despierta el palpitar de nuestras almas.
Ya, al atardecer, 
cuando el sol comienza su lenta retirada,
nos atrevemos a mirarle a los ojos,
respiramos profundamente y
por dentro brota una sonrisa cómplice.
Él nos la devuelve acariciándonos el rostro
muy suavemente,
con sus delicados rayos de despedida.
Es entonces cuando volvemos a tomar nuestro equipaje
cada vez más ligero, si cabe,
con renovadas energías
y reanudamos nuestra marcha
hacia aquellos lugares lejanos
que nos aguardan
para ofrecernos nuevos sorbos de vida...


lunes, 7 de mayo de 2012

Pájaro del desierto

 EN EL ANIVERSARIO DE

Rabindranath Tagore

  


 PÁJARO DEL DESIERTO




      Un siete de Mayo en un lugar de la India nació un niño con alma de pájaro, de un pajarillo que había perdido sus alas. Está particularidad le concidionó tanto, que deseó dedicar su vida a buscarlas por todos los rincones de la Tierra, con la ilusión de algun día poder surcar el Cielo.




       Al principio, le costó abandonar su confortable nido donde estaba tan feliz que ni siquirera sabía llorar cual pájaro del desierto, del seco desierto de sus lágrimas. Cuando el tiempo pasó y creció, sí que lloró  y sus lágrimas crearon  inmensos ríos por cuyas frias aguas echaba sus barquitos de papel.








       De vez en cuando, atracaba en puertos de lejanas tierras sin nombre, el niño se bajaba y  vagaba por los campos perseguiendo al ciervo dorado que transitaba las noches de sus sueños. Por más que lo intentaba nunca lo alcanzaba y comenzó a escribirle cartas, cartas aladas que volaban bajo el hechizo de los vientos del desierto, como llamas ardientes, sustituyendo a las alas de su alma.




    Y escribió y escribió, y sus letras se transformaron en la canción más hermosa jamás cantada. Los árboles cuando la escuchaban alzaban sus altas ramas al Cielo dibujando poemas cubiertos de mariposas que revoloteaban de hoja en hoja y de flor en flor.




     Después de muchos años navegando, el muchacho se hizo más mayor y decidió crear él mismo sus alas, pintándolas en los lienzos de  paz y amor que guardaba en su corazón. Así, pintando y observando, llegó un día en el que posó su mirada en los ojos de su niño interior.  En ellos descubrió que por muy desoladores que fuesen los desiertos y que por mucho que durase el día interminable de su vida, siempre había una parte de su ser que permanecía  intacta :su canción. Y la cantó deleitando al mundo entero con el arpa de sus trinos, hasta que un siete de Agosto por fín voló, dejándo caer  todo cuanto tenía, excepto un estribillo que se quedó  flotando en el aire de todos los desiertos:  ¡Sólo me queda mi corazón libre!



      

Autora: Carmen Marín.. Abril 2012

martes, 1 de mayo de 2012

Reflejos y Susurros



Somos reflejos de luz, de la luz del universo.
Reflejos en el agua de misteriosos océanos.
Somos entes, somos almas, somos polvo
rodeado de silencio.

Somos susurrros, pequeños susurros de amor
que soplan suavemente como el viento
por entre las ramas de los árboles viejos.



Somos seres perdidos de sí mismos
que se buscan, que se mueven,
que se esconden en espejos.



Somos aves da paso que extienden sus alas
y vuelan sobre los caminos pedregosos,
buscando sin cesar nuestro nido primigenio.



Aves que viajan por parajes insólitos,
los majestuosos bosques salpicados de cascadas
sobre las altas montañas coronadas de sol.




Somos casas habitadas
por espíritus errantes
somos aire, somos nada,
somos ánades que nadan
por los lagos de los sueños...



Somos seres que se abrazan
somos fuego, somos llama,
somos dos y somos uno.
Somos tesoros ocultos
en apariencias humanas.




Somos perfumes de flores
derramando su frescor en la mañana...




Somos reflejos de otras vidas,
ecos de otros tiempos
somos ilusiones de colores
de primaveras efímeras...



Somos el susurro callado
de unos globos que huyen,
que se escapan flotando
de las horas de lo incierto.




Somos destellos de vida
que brillan en el horizonte de unos labios
de unos versos,
de un paisaje dibujado
por los bellos momentos.




Somos lirios en el campo
nubes que danzan en el cielo
con la música de encuentros
de pisadas, de recuerdos...



Somos reflejos de luz,
de la luz del universo.
Somos susurros de amor,
del amor eterno.



Autora: Carmen Marín

Mayo del 2012.

lunes, 23 de abril de 2012

LA NÚMERO ONCE



      A lo largo de mi vida he presenciado conversaciones de todo tipo; desde las más triviales a las más trascendentes. Siempre he escuchado a unos y a otros, fuese cual fuese el tema que tratasen.  No sé hacer nada mejor. Tanto es así que hubo alguien al que podía entender sin necesitar que dijese una sola palabra.  De esto hace bastante tiempo, sin embargo, aún puedo recordar, con tanta claridad como si fuera ayer, a aquel chico de gafas, alto y delgaducho que venía cada mañana a desayunar conmigo durante los descansos de las clases del instituto. Se llamaba Mario y a menudo traía consigo montones de libros que ojeaba una y otra vez mientras tomaba, silente, su desayuno.

Mario sabía que yo le comprendía y me gustaba estar con él. Me era fácil respetar sus silencios  y quizás esa fue la razón por la que me escogió a mí entre tantas otras para compartir aquellos entrañables momentos en nuestro acogedor rincón de la cafetería.  A veces llegué a pensar que deseaba estar solo conmigo, lo deducía por la forma de colocar disimuladamente su abrigo sobre la silla sobrante para que nadie ocupase ese lugar. Durante muchos meses disfruté mucho de su callada y a la vez cálida amistad hasta el día en que apareció ella.

-¿Está ocupada esta silla?
- No, no…
- ¿Te importa que la coja?

       

      Mario retiró su abrigo y lo colgó en el respaldo de su propio asiento sin apartar la mirada de los grandes ojos verdes de aquella hermosa jovencita.
     A partir de entonces por mucho que mi amigo simulase ser él mismo acudiendo fiel a nuestra cita y permaneciendo como siempre sin decir nada sumido en sus apuntes y libros de texto, sus ojos aparentemente inmóviles ya solo veían todo de un único color, incluso las palabras que leía, de un intenso color verde de esperanza llamado Estefanía.

      Pasó más de un mes sin que volviese a coincidir con ella pero el anhelo de Mario por volver a verla era tal que comenzó a frecuentar la cafetería casi a todas horas, por las mañanas, por las tardes y a veces no se iba hasta bien entrada la noche cuando cerraban el local. Yo no necesitaba preguntarle que era lo que había producido aquel cambio, en cualquier caso me alegraba de verle con más asiduidad. Cuando él entraba por la puerta, una vez que se cercioraba de que aquella chica no estaba, me buscaba por toda la sala y si me veía sola, se sentaba conmigo y me deleitaba con su compañía.

     Jamás olvidaré el día que se volvieron a encontrar. En una bonita tarde de primeros de abril, Estefanía llegó acompañada de una amiga y ambas ocuparon la mesa contigua. Llevaba un elegante vestido estampado y de su largo cabello, negro y ondulado, colgaba una cinta verde a juego con el color de sus ojos. La verdad es que estaba preciosa.

Me acuerdo perfectamente de que en cuanto Mario la vio se puso tan nervioso que no sabía hacia dónde mirar. Al final optó por prestarme a mí más atención que nunca clavándome su mirada mientras jugueteaba con una de mis servilletas.  Al rato pidió la prensa sólo para fingir leerla,  pues ya se la había leído de cabo a rabo por la mañana. Conociendo su velocidad de lectura, me parecía  tan ridículo que tardara tanto en pasar cada página que no pude evitar reírme para mis adentros. No sé cuantas cervezas tomó aquella tarde, aún así no volvió la cabeza hacia la mesa vecina ni una sola vez. Supongo que se moría de vergüenza ante la posibilidad de que Estefanía pudiese descubrir en su rostro sus verdaderos sentimientos.

     Él, como de costumbre, no me decía nada. Ni falta que hacía. Yo podía escuchar cada uno de sus pensamientos entre sorbo y sorbo de cerveza y  los latidos de su corazón cuando ella se dirigió hacia la barra para pedir la cuenta. 

     La siguiente vez que la vio tampoco fue capaz ni tan siquiera de encontrarse de refilón con la mirada de la muchacha. En esa ocasión cuando Estefanía se marchó, él fue a su mesa y recorrió lentamente con sus dedos los bordes de la copa de la que la chica había bebido, soltando un hondo suspiro. 

      Luego miró por encima del hombro para asegurarse de que nadie lo había visto y empezó a torturarse con preguntas como:¿Por qué he de ser tan cobarde?

     Daba la impresión de que nunca se atrevería a hacer nada hasta que se le ocurrió la brillante idea de la flor. Decidió que compraría cada día una rosa roja y la llevaría a la cafetería por si ella aparecía.

     Cada noche cuando Mario se despedía, me regalaba la estéril flor. Diez rosas llegué a contar ya que la que hizo la número once fue por fin para Estefanía la mágica tarde en que la chica se presentó con dos amigas.

- Dos amigas en lugar de una… – pensó Mario. No obstante al cabo de unos minutos se dijo con decisión:

- Se acabó.  Y lo repitió de nuevo en voz alta para autoconvencerse de que esta vez tenía que dar el paso.

    Sin tan siquiera pestañear Mario, levantándose de sopetón, se arrimó a la mesa donde estaban las tres chicas, las saludó y le ofreció la flor a Estefanía. La muchacha se quedó tan sorprendida que en un primer momento no reaccionó, exceptuando el tono rosado con el que inmediatamente se encendieron sus mejillas. Luego tomando la flor entre sus manos le dio las gracias y le regaló a Mario una resplandeciente y delatadora sonrisa. 

     Las amigas de Estefanía en seguida se retiraron, con la excusa de que tenían prisa por regresar a casa, dejando a solas a la afortunada muchacha con su romántico e inesperado pretendiente. Mario la invitó a una copa y el resto de la velada transcurrió charlando los dos sin parar como si se conocieran de toda la vida.

    Sería lógico concluir que a raíz de aquella noche Mario se olvidaría de mí, para qué engañarnos, sin embargo, en lugar de perderle gané una nueva amiga y cuando la feliz pareja se casó me concedieron el increíble honor de elegirme para la celebración de su boda.  

     Asistí vestida con mis mejores galas: un delicado mantel de lino blanco bordado y ribeteado con finos encajes además de unas bellas guirnaldas que rodeaban la tarta a la luz oscilante de las velas que completaban mi atuendo. Hasta mi anterior cartel en blanco y negro de cartulina plastificada, fue sustituido por otro ovalado y plateado donde relucía, flamante, mi nombre: La mesa número once.





Autora: Carmen Marín
 
Relato ganador del Primer Premio en el I Certamen literario de relatos de Villalba del Alcor

  23 de Abril 2011 (Huelva)






jueves, 29 de marzo de 2012

Viernes de Dolores



EL DÍA DE TU SANTO

















Hoy es viernes de Dolores, el día de tu santo.

¡Cómo se nota tu ausencia, Tita!
Cada año celebrabas tu fiesta.
Nos invitabas a todos a comer toda clase de delicias que con tanto cariño
preparabas en tu mesa.
No sé como lo hacías, tantos manjares pero, ¡cuidado!, 
sin carne, que era vigilia…
y aun así, siempre sobraba comida.
A tu casa tan entrañable, tan antigua y tan fresquita
venían mis tíos, primos y primas ¡Cuanta gente reunida!
 ¡Qué alegría!
Al menos una vez al año conseguias juntarnos a todos
 y jugábamos a la lotería, 
siempre tenias muchos botones guardados en tarros
para apuntar en los cartones amarillentos por el paso del tiempo.
Y aquel reloj de cuco piando a cada hora.
¡Cuánto me gustaba verlo salir de su casita!
Hace ya varios años que te fuiste.
Allí dónde estés, seguro que harás un banquete  e invitarás a los ángeles a celebrar tu día.
A ellos les pido que no olviden desearte de mi parte:
¡Feliz día de tu santo, Tita!










Pintura de Ernest Descals

Carmen Marín , Abril del 2009